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Una fría mañana de invierno

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La arena está más fría que el agua. Me doy cuenta de este hecho peculiar cuando sólo cuento un par de siluetas vestidas con neopreno caminando por aguas poco profundas, estos miembros de “la patrulla del amanecer” están a menos de cincuenta metros uno del otro. El pico se ve tan atractivo como cualquier cosa que se encuentre en un mar a 14 grados.

Envuelto en una segunda capa de piel las cosas se sienten un poco rígidas. El agua se mete en mi traje a través de ese agujero cerca de la rodilla. Una vez dentro del agua al cuerpo se siente en shock total, no hay mejor manera de describirlo. Mi cabeza emerge de las aguas frías mientras yo inhalo aire de un modo jadeante, como si el frío hubiera minado la capacidad de mis pulmones. Uno nunca se acaba de acostumbrar del todo, pero aprendes a amar ese momento de alguna una manera, al fin y al cabo no puede ser siempre agosto.

Una vez pasado el susto trato de disfrutar al máximo, en el fondo adoro esa calma que hay en las frías mañanas de invierno en las que estoy simplemente sentado en mi tabla y solo. Aspiro profundamente y se me llenan los pulmones de aire salado y siento como si estuviera respirando la niebla que puedo ver descendiendo a lo lejos. El cuerpo se empieza a calentar un poco, tal vez el mero hecho de estar donde estoy ayuda en ese sentido.

El cielo está nublado y el mar refleja el gris del cielo – oscuro y presagioso – evocando visiones de peces monstruosos que acechan en las profundidades del abismo aparentemente infinito. Me aferro a las estadísticas que me hacen olvidar que acabo de introducirme en la misma cadena alimenticia de la que el ser humano ha trabajado duro para alejarse.

Después de un poco de calma diviso la primera ola en el horizonte, una ondulación gris casi indistinguible del cielo. La ola comienza a levantarse y coger forma, sé que es el momento. A medida que la ola acerca me doy vuelta y remo con fluidez, con la tabla ligeramente inclinada hacia el norte. Entonces llega esa inconfundible sensación que me permite seguir adelante.

Siento una especie estallido que va del estómago a los pies. Ese estallido es el sumun de la paz total, una sensación de euforia inalcanzable incluso con la más fuerte de las drogas. En ese momento no existe nada más en el mundo. Qué manera de empezar el día!!

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